PROCESOS

PROCESOS de investigación centrados en lo  procesual, desarrollando obras abiertas y en constante transformación. 

"Memòries i Futurs: Història, Comunitat i Reflexió" 2025- actualidad

Residència d'arts visuals La Masia de Ca n'Anglada, Terrassa

Memòries i Futurs es un proyecto de arte comunitario que utiliza la fotografía biográfica, el diálogo participativo y la intervención textil para explorar y reconstruir la memoria histórica de Ca n’Anglada, en Terrassa. A través del encuentro entre generaciones y culturas, el proyecto genera espacios de creación compartida que permiten revisar los relatos del barrio, fortalecer los vínculos comunitarios e imaginar futuros posibles.

El proceso reunió a alumnos y alumnas de primero de ESO del Institut Escola Antoni Ubach i Soler, en su mayoría de origen marroquí, y a mujeres vinculadas a la historia del barrio, participantes de la asociación La Llançadora.

La primera fase partió del trabajo fotográfico con los adolescentes, que realizaron retratos mutuos para explorar la identidad, la mirada y la representación del otro. Las imágenes se trasladaron posteriormente a un gran mural, que las mujeres propusieron intervenir mediante técnicas de patchwork, combinando tela de farcell català y tejidos africanos. Esta hibridación textil dio forma a un territorio visual compartido, donde las referencias culturales no se excluyen ni se diluyen, sino que conviven y generan nuevas posibilidades de pertenencia.

En paralelo, se realizaron fototransferencias sobre tela de gasa a partir de fotografías del archivo histórico del barrio. La fragilidad del soporte provocó que las imágenes se quebraran, haciendo visible la vulnerabilidad material de la memoria. Ante esta situación, las mujeres propusieron repararlas cosiendo y remendando las imágenes a máquina. El gesto de restauración se convirtió así en una intervención artística y simbólica: cuidar las huellas del pasado sin ocultar sus fracturas, incorporando las marcas del tiempo a su propia historia.

El proyecto se sitúa en un barrio atravesado por sucesivas migraciones, transformaciones urbanísticas y tensiones socioculturales en torno a la identidad, la convivencia y el sentimiento de pertenencia. En este contexto, Memòries i Futurs no pretende borrar las diferencias ni ofrecer una imagen idealizada de la comunidad, sino abrir un espacio donde distintas experiencias puedan encontrarse y reconocerse. Frente a las narrativas que separan a quienes llegaron antes de quienes han llegado después, la creación compartida permite descubrir que la memoria del barrio no es un relato cerrado, sino una construcción viva, plural y en constante transformación.

El mural y las fotografías remendadas articulan dos movimientos complementarios: tejer una identidad común desde la diversidad y reparar las huellas de una memoria colectiva fragmentada. La costura, la transferencia fotográfica y el retrato se convierten en herramientas de mediación y escucha, capaces de hacer visibles tanto las diferencias como aquello que se construye en común.

Memòries i Futurs propone, en definitiva, entender la comunidad como un tejido en proceso: un espacio donde las identidades se transforman mediante el encuentro, donde reparar no significa regresar a un pasado intacto y donde imaginar futuros compartidos comienza por reconocer, cuidar y entrelazar las historias que habitan un mismo territorio.

ESPAI BIT

Archivo fotográfico tomado con las chicas y chicos del Espai Bit durante la residencia de la Masia de Ca n'Anglada

Proceso de creación y destrucción de figuras antropomórficas de arcilla. 2025- actualidad

#allbloodisred

Más de 2.500 pequeñas figuras antropomórficas de arcilla gris, una colección que continúa creciendo. Figuras modeladas a mano, sin cocer, que nacen de un gesto repetido: dar forma a un cuerpo, reconocer su fragilidad y, en ocasiones, destruirlo. Cada una de ellas es única y, al mismo tiempo, forma parte de una multitud anónima.

Estas figuras forman parte de #allbloodisred, una obra que se articula conjuntamente con la videoperformance realizada en agosto de 2025 durante la residencia de La Piula, con Gresolart. El proyecto nace de la necesidad de continuar elaborando los afectos provocados por las imágenes del genocidio palestino, difundidas desde el inicio de la ofensiva militar israelí sobre Gaza en octubre de 2023.

En mayo de 2025, mientras escuchaba la conferencia El circo de la poíesis. Acerca del arte inútil (2024), de Chantal Maillard, en el MNAC, las imágenes de los cuerpos gazatíes volvían una y otra vez a mi memoria. Habían atravesado la retina, el cuerpo y los afectos, dejando una profunda sensación de impotencia. Por primera vez, la crudeza de una violencia que tantas veces permanece fuera de nuestro campo de visión irrumpía de manera continuada en la intimidad cotidiana, a través de las pantallas.

Ante esta exposición constante al horror, aparece una pregunta: ¿qué sucede con nuestra capacidad de sentir cuando el sufrimiento se convierte en una imagen que consumimos repetidamente? La saturación puede conducir al agotamiento emocional, a la insensibilización y a una indiferencia que nos aleja de la posibilidad de actuar. Mostrar la violencia no garantiza que seamos capaces de reconocerla, comprenderla o responder ante ella.

Es en este espacio de tensión donde emerge la ternura.

La arcilla, todavía sin cocer, conserva una fragilidad que cualquier gesto puede alterar. Las figuras pueden deformarse, romperse o desaparecer. Su vulnerabilidad material remite a la de los cuerpos humanos, pero también a la desigualdad con la que esa vulnerabilidad es reconocida y protegida. Aunque toda sangre sea roja, no todas las vidas reciben la misma consideración, ni todas las muertes ocupan el mismo lugar en la memoria colectiva. En Gaza, la destrucción de vidas, hogares e infraestructuras y el sufrimiento de la población palestina evidencian de manera extrema esta desigualdad. Hay vidas que se vuelven invisibles, cuerpos cuya pérdida corre el riesgo de ser normalizada y víctimas que no reciben el mismo reconocimiento ni duelo que otras.

Las pequeñas figuras no representan a una víctima concreta. Son cuerpos anónimos, presencias mínimas que se resisten a desaparecer por completo en la abstracción de las cifras. Su acumulación evoca tanto la dimensión masiva de la pérdida humana como la posibilidad de una red: una multitud de singularidades vulnerables que existen juntas sin dejar de ser diferentes.

Modelar cada figura es un acto de atención. Un gesto aparentemente inútil, insuficiente frente a la magnitud de la violencia, pero que me permite permanecer en contacto con aquello que las imágenes amenazan con volver insoportable o indiferente. Frente a la dureza, la ternura aparece como una forma de resistencia; no como sentimentalismo ni como negación del conflicto, sino como una posición ética y política ante la vida. Ser tiernos significa no renunciar a nuestra capacidad de conmovernos, reconocer al otro y dejarnos afectar por su existencia.

En diálogo con las reflexiones de Jacques Rancière sobre la imagen intolerable, #allbloodisred cuestiona la capacidad de las imágenes del sufrimiento para producir, por sí mismas, una conciencia crítica o una respuesta. La obra no pretende reproducir literalmente la violencia ni convertir el dolor ajeno en un espectáculo. En su lugar, propone una experiencia en la que mirar implica también preguntarse por la propia posición: qué vemos, qué dejamos fuera, qué vidas reconocemos y qué hacemos con aquello que nos afecta.

La creación y la destrucción de las figuras forman parte de este proceso abierto. La materia se transforma, los cuerpos aparecen y desaparecen, pero el gesto continúa. No se trata de reparar simbólicamente una pérdida irreparable, sino de sostener la pregunta por nuestra responsabilidad ante ella.

En septiembre de 2026, #allbloodisred se despliega como un tríptico en el que la videoperformance, la instalación de figuras y la presencia del público constituyen una misma obra. Quien observa deja de situarse únicamente frente a una representación y pasa a formar parte de un espacio compartido de reflexión.

Las figuras permanecen frágiles. La pregunta, también.

Si toda sangre es roja, ¿por qué no todas las vidas merecen la misma protección? Y ante el sufrimiento que vemos, ¿qué hacemos con nuestra capacidad de sentir?

7 Plomes. 2025- actualidad

En octubre de 2025, tras la muerte de Jofre, mi gato de dieciocho años, comencé a recoger plumas del suelo. Empecé a guardarlas y a pintarlas con tinta china, agrupándolas de siete en siete, como los siete días de la semana. Sin haberlo previsto, este gesto se convirtió en una forma de contar el tiempo después de la pérdida.

Recoger una pluma es detenerse ante algo pequeño que, de otro modo, pasaría inadvertido. Es prestar atención a una presencia frágil, a un resto que permanece cuando aquello que le daba sentido ya no está. Pintarlas, conservarlas y reunirlas se convirtió en una práctica cotidiana con la que acompañar el duelo: una manera de dar forma a la ausencia sin pretender llenarla.

En su artículo Why Are White Feathers a Source of Comfort When a Loved One Dies?, la psicóloga Vanessa Moore reflexiona sobre cómo ciertos objetos encontrados después de una pérdida pueden convertirse en hilos sensoriales que mantienen vivo el vínculo con quien ha muerto. Las plumas pueden ofrecer consuelo no porque deban contener un mensaje sobrenatural, sino porque el afecto transforma nuestra manera de percibirlas. Lo que antes era un elemento más del paisaje adquiere una presencia singular: nos detiene, nos conmueve y nos conecta con aquello que echamos de menos.

En El duelo es esa cosa con alas, Max Porter recurre a la figura de un cuervo para dar cuerpo al duelo de una familia que ha perdido a la madre. Como recoge Daniela Cristancho en su texto Sobre las aves, la muerte y el duelo, las plumas y las aves aparecen en esta obra como presencias que acompañan a quienes permanecen, haciendo tangible una ausencia que resulta difícil de nombrar.

Mi proceso nace también de esa necesidad de dar cuerpo a lo ausente. Sin embargo, en 7 Plomes, el vínculo se construye a través de un gesto reiterado, silencioso y material: recoger, pintar, agrupar. Cada pluma es singular, pero ninguna permanece aislada. Al reunirlas de siete en siete, introduzco una medida temporal que remite al ritmo de la semana, a la sucesión de los días y a la continuidad de la vida cotidiana.

El siete no cuenta cuánto dura el duelo ni señala un camino hacia su final. Es una unidad provisional, una manera de ordenar el tiempo cuando la pérdida ha alterado su percepción. Los días pasan, pero la ausencia no desaparece necesariamente con ellos. El duelo se inscribe en esa convivencia entre lo que continúa y lo que ya no puede regresar.

Las plumas son huellas de una vida que ha pasado por el mundo. Al recogerlas, las convierto en pequeños objetos de memoria. La tinta china oscurece su superficie, marca sus nervaduras y deja visible la singularidad de cada una. El gesto no devuelve lo perdido, pero permite establecer una relación con su ausencia.

7 Plomes es, así, un ejercicio de atención y permanencia. Una colección que crece al ritmo de los encuentros fortuitos y que convierte un gesto íntimo de duelo en una forma de habitar el tiempo. Cada grupo de siete plumas contiene una semana posible, una pequeña medida de continuidad. No para dejar atrás a Jofre, sino para aprender a vivir con el vínculo transformado.

Quizá recoger una pluma sea también eso: encontrar algo que ha quedado atrás y decidir que merece ser cuidado. Reconocer que incluso aquello que parece insignificante puede sostener una memoria, y que el amor, después de la muerte, a veces encuentra su forma en los gestos más pequeños.